República y nacionalismo

¡Propaga el mensaje!

Los auténticos nacionalistas venezolanos, apuntamos a la contrucción de una república de ciudadanos virtuosos como proyecto de regenración nacional.

Entre las líneas de nuestra historia patria se derraman de manera pueril palabras cuyo significado se desconoce, dejando a su paso verdaderas lagunas mitológicas que sirven a los demiurgos y demagogos de tranquilos pantanos por donde navegar hacia el poder. Sin embargo, tales estructuras tienen como base la débil y siempre abatible mentira, por lo que crujen irremediablemente hasta derrumbarse por el ariete de la verdad.

Repúblicas de papel

Cuán credo religioso y mantra político nos han repetido hasta la saciedad que son cinco las repúblicas que componen nuestra historia, tratando de trasplantar desde Francia una realidad por entero diferente, donde tal nomenclatura se debe a los drásticos cambios de sistema político entre monarquías, oligarquías, imperios y hasta comunas.

¿Somos realmente republicanos por decreto o tal concepto no ha dejado de ser un epíteto socarrón abusado por quién pretende ofrecernos barbarie por civilización?

Orígenes de la idea republicana

Para resolver tal interrogante es necesario rastrear el origen de tan enigmática palabra, el cual se encuentra en los albores de la civilización occidental. Desde la conformación de las primeras ciudades-Estado mediterráneas conocidas como polis, pensadores inmortales de la talla de Platón y Aristóteles se cuestionaban sobre las mutables facetas del gobierno. Llegando en su momento a identificar formas puras e impuras de gobierno que aparentemente surgían en toda polis.

En la politeia de Platón (427-347 a.C.), erróneamente traducida como La República, el filósofo ateniense plasma en el libro octavo la existencia de múltiples formas de gobierno, las cuales tienen su origen en los caracteres de los hombres. En su visión, el tránsito entre una monarquía, hasta la democracia (la peor forma de gobierno en donde las masas irrespetan las costumbres) se daría de manera lineal desbordándose en el acabose de la polis o en el surgimiento de nuevos tiranos.

Su discípulo y crítico Aristóteles (384-322 a.C.), definiría los distintos regímenes políticos en formas puras (monarquía, aristocracia, politeia) e impuras (tiranía, oligarquía, democracia) de gobierno, cuya natural transición está definida por el acercamiento o alejamiento del fin supremo de toda comunidad: el bien. Ante la contínua amenaza de ver corrompidas las formas puras de gobierno, Aristóteles en aras de salvaguardar la estabilidad de la polis propone la Politeia como una forma de gobierno híbrida entre la oligarquía y la democracia, pretendiendo alejar así la posibilidad de quedar estancados en una forma impura de gobierno.

No sería sino en Roma donde los habitantes del Lacio propondrían como contrapropuesta a la herencia monárquica de los etruscos, el concepto de Res Publica, o cosa pública. El gobierno republicano estaría diferenciado primeramente por la participación ciudadana en los asuntos de carácter público, rescatando tal noción de la antigua ágora ateniense. Es en la etapa republicana cuando Roma alcanza toda su gloria mediante la conquista del mundo conocido y la elevación espiritual de sus ciudadanos.

Definiendo la República

La respuesta la hallaremos en los escritos del historiador Polibio (200-118 a.C), cuya mente griega nacida en Megalópolis y cultivada en Roma termina resolviendo las interrogantes planteadas en su momento por Platón y Aristóteles. Para Polibio, las formas de gobierno puras irremediablemente se corrompen y vuelven impuras condenando a un ciclo aparentemente sin final a casi toda suerte de unidad política.

La monarquía conducida por un único gobernante sabio y enfocado en el bien general terminaría mutando en tiranía, cuando el monarca empezara a mandar según sus apetencias. Eventualmente sus abusos y excesos terminarían siendo aprovechados por un grupo de ilustres ciudadanos, quienes  le derrocarían y se erigirían como Aristocracia con el fin de llevar por buen rumbo la ciudad.

Desafortunadamente, tales aristas de la sociedad tampoco estarían exentas de anteponer sus intereses personales a los colectivos, por lo que degenerarían en una Oligarquía que responde solo a las apetencias del grupo gobernante. Las mayorías preocupadas por sus intereses terminarían desconociendo las autoridades y conformarían un gobierno Democrático basado en los diversos pareceres de los ciudadanos, distribuyendo de esa forma el poder.

No obstante, ante la falta de una clara jerarquía que centralice las decisiones políticas, y por el corrupto afán de otorgarle a todos, inclusive a los ignorantes, influencia en los asuntos públicos, la Democracia se convertiría rápidamente en Oclocracia o gobierno de la muchedumbre. La Oclocracia es perjudicial para toda ciudad, pues transforma en jauría a la ciudadanía, pervierte la ética, sepulta la ley, convierte la Libertad en libertinaje e irrespeta la tradición.

Ante su propia monstruosidad, los pocos ciudadanos con cordura en aquél mar caótico de apetencias, sumarían sus esfuerzos a la búsqueda del orden, bajo la sombra un caudillo, un nuevo monarca capaz de imponer la armonía y el respeto a las leyes con su severa autoridad. Así, según Polibio, se repetiría el ciclo nuevamente, en una suerte de eterno retorno de lo mismo.

¿Cómo asegurar la estabilidad ante la permanencia del cambio? La respuesta de Polibio sería el integrar las formas puras de gobierno en uno solo que fuese mixto. De tal modo, cada vez que una parte del cuerpo social estuviese cerca de la decadencia, el resto de la sociedad le rescataría. La perfectibilidad de esta construcción estaría blindada por una sincronía total entre los intereses de los distintos estratos de la sociedad.

He allí uno de los pilares fundamentales de la República, parte de su tradición discursiva descansa sobre valores tan loables como necesarios para la construcción de una sana sociedad, pero no se sustenta exclusivamente en ellos. En su lugar, se fortalece al poner en la tribuna el tangible peso de los intereses de cada ciudadano, salvaguardando así la dimensión personal del individuo sin que ello signifique la extracción, o amputación, del cuerpo social. El velar por el bienestar de la República se traduce en salvaguardar tanto los intereses personales como el del colectivo.

Parafraseando a Cicerón, la República romana conservaba su grandeza porque lograba reunir en su seno la autoridad propia de la Monarquía bajo la figura de sus Cónsules; además que los estratos más elevados en términos culturales y morales reflejaban en la institución del Senado el amor a la Libertad correspondiente a toda Aristocracia; y finalmente gracias a los Comicios se mantendría en la tribuna el afán de asegurar el Bienestar general como sucede en la Democracia.

República, tarea pendiente en Venezuela

Por lo tanto, en aras de retomar el orden, la dignidad y la libertad capaces de otorgar nuevamente el status de nación a nuestra disgregada Venezuela, no podemos limitarnos al escueto, abstracto y hasta contraproducente llamado al rescate de vacías promesas como la “democracia” o la “libertad de expresión”. Mucho menos a reducir nuestra lucha a la mera libertad de los presos políticos, sin dejarlos de lado claro está, cuando en verdad toda la Patria se encuentra desprovista de su Libertad debido al mandato extranjero. Una solución tangible es la de sumar nuestros esfuerzos en la constitución de una verdadera República.

Lancemos al abismo la mitología cronológica y aquél absurdo fetiche de pretender enumerar repúblicas inexistentes. Es un irrespeto casi sacrílego el intentar comparar las montoneras independentistas a los modelos republicanos propuestos por hombres como Cicerón, Machiavelli o Madison. Concuerdo con el ilustre Laureano Vallenilla Lanz,  el luctuoso pasaje de la Independencia no fue más que una cruenta guerra civil, cuando el abigeato, la violación, el sadismo y en general la vorágine desatada por las temibles y repulsivas tropas de hombres como Boves arrasaron con cualquier posibilidad de hacer civilización.

En lugar de idealizar las gestas y campañas admirables, o de adular sin decoro a quienes en vida tuvieron su propio bocado de gloria, enfoquémonos hoy en rescatar lo poco que nos pudo legar la Independencia, aparte de la estela de sangre y hierro; me refiero específicamente a ese antiquísimo ideal republicano, que proviene nada más y nada menos que de la Eterna Roma y que heredamos como descendientes de una concepción hispana, y por ende occidental.

El sacrificio de nuestros próceres fue en vano, si así lo permitimos

Más allá de las cercanías o diferencias que podamos tener con los próceres y los primeros constitucionalistas, hoy acordamos desafortunadamente, que aquél sueño inicial por el que ciudadanos ilustrados decidieron entregar sus vidas en el campo de batalla en nada se parece a la Venezuela de hoy en día. Ni República independiente ni parte del Imperio, Venezuela se asemeja más a un hato poblado por seres rumiantes que esperan los designios de sus dueños foráneos. Honorable lector, te propongo  asumir el peso de la más férrea de las verdades, te reto a que te plantes firme frente a los Patriotas y a los Realistas, frente a Miranda y a Monteverde, frente a Páez y a Morillo; y le digas en su cara lo vano que fueron sus muertes.

Ondeamos en nuestro tricolor el color rojo, rememorando la sangre que regó los campos de batallas, no obstante, parecemos olvidar que jamás cosechamos los frutos de aquella cruenta siembra. No solo nos enfrentamos al irrespeto absoluto por el sacrificio emprendido por venezolanos de bando y bando que lucharon entre hermanos por lo que creían era noble, a su vez esta generación se está haciendo cómplice de la decadencia que mantiene al país en la miseria.

Vivimos en la anti-República, donde la arbitrariedad inmoral de la Tiranía, la insaciable corruptela de la Oligarquía y el desenfreno anti-natural de las masas, propia de la Oclocracia se combinan en un yugo mixto que parece no tener fin. Así como en la República se asegura la prolongación de la felicidad y plenitud de los ciudadanos, en la antinomia venezolana se apuesta por el decaimiento espiritual y físico del mismo. Se dejó de lado la noción de derechos engendradores de deberes para el ciudadano, se adoptó la ambigua y vacía figura de pueblo, máximo nivel de irresponsabilidad colectiva. El mérito fue suplantado por la inicua igualdad, al amor por la Patria desangrado a nombre del internacionalismo, y por supuesto, el respeto hacia nuestra tradición e identidad falleció sin dolientes.

Nacionalismo republicano, salvación de Venezuela

Venezuela necesita hoy hombres probos, forjados en la fragua de la lucha y el coraje. La ardua cruzada de regeneración nacional requiere que retomemos las cuatro virtudes cardinales que modelaron a occidente desde sus inicios: Justicia, Prudencia, Fortaleza y Templanza. Acompañadas desde luego por el ardoroso fuego de amor por la Patria y el fervor por la trascendencia del espíritu humano más allá de lo material.

Nada de cuartas ni quintas, mucho menos sextas; Venezuela será constituida como la República, no un mero ensayo del montón.

Asumamos la jovial y elevada pugna por nuestra Dignidad. Frente a las infamias sostenidas por el marxismo de Materialismo, Internacionalismo y Degeneración; impongamos firmes las eternas verdades de Dios, la Patria y la Familia.

¡Propaga el mensaje!

Sobre nosotros Lucio Cornelio Sila

Nacionalista y autoritario nacido en Santiago de León de Caracas. Absolutamente historicista y espiritual. En guerra permanente contra la decadencia moderna y toda forma de igualitarismo. No concibo la resistencia netamente intelectual: conforme escribo propuestas, me preparo para la batalla.

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