Rearme ciudadano

Rearme ciudadano

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Armas como garatía de felicidad

La felicidad pública es la meta de todo gobierno conducido por la virtud, el elevamiento moral  de los ciudadanos y la posibilidad de su plenitud han sido los elementos comunes en las sociedades que históricamente se han considerado excelentes en su ordenamiento. La autoridad política conferida al Estado o a la República tiene como obligación dar justa retribución a cada uno de los ciudadanos que se han mostrado presurosos en el cumplimiento de sus deberes sociales, esto significa el asegurar la integridad de la libertad y los derechos inherentes a la ciudadanía.

En la medida que esta relación entre deberes y derechos es respetada por la autoridad, la obediencia voluntaria de parte de la ciudadanía con respecto a las leyes es mayor, hasta el punto de hallar la auténtica libertad en la esclavitud a las mismas. Como suponemos la existencia de personas inescrupulosas e indignas, capaces de atentar contra la justicia, dotamos al Estado de las herramientas necesarias para impartir orden, esto es, colocar a cada quién en su lugar mediante el uso legítimo de la violencia. En consecuencia, consideramos a la ley escrita como la racionalización de la justicia, la inteligibilidad de la fuente de la virtud, fruto del consenso social y la contemplación de nuestros legisladores, inspirados en los derechos eternos y naturales con que nace dotado el hombre. Todo ello indica la necesidad de educar al pueblo, convertirle en ciudadanía, de modo que el respeto por la felicidad pública se reproduzca en todas las esferas de la sociedad. Este proyecto de elevamiento nacional no ha sido emprendido de manera definitiva en nuestra Patria, por lo que existe una tensión contínua entre los respetuosos del orden y la creciente horda de salvajes que no dudan en malograr al connacional.

La pesadilla criolla

En otrora veíamos al monopolio legítimo de la violencia por parte del Estado como la solución al problema de la trasgresión, dotábamos al Leviatán de una espada capaz de hacer respetar los diferentes pactos convenidos en sociedad al tiempo que olvidábamos que siempre hay una mano sosteniendo toda espada: sobreestimamos el elemento humano en la constitución de nuestros Estados. Les consideramos infalibles y se dejó de lado el hecho que la corrupción gubernamental es posible, común y  la principal fuente de los males  públicos. Alejar a la autoridad de la virtud desemboca en una enfermedad mortal para todo el cuerpo social, pues la corrupción no se agota en el enriquecimiento ilícito, también es la degeneración de los servidores públicos, la desarticulación de la acción estatal y el surgimiento de la impunidad.

La pesadilla actual tiene como origen la corruptela de nuestros guardianes designados, aquellos a quienes dotamos de armas para proteger nuestros hogares, hoy las usan o las delegan de formas viciosas y dañinas para la nación. Tenemos la condena de un gobierno corrupto, que perpetúa la decadencia nacional a través del empoderamiento de los indignos, de aquellos que reniegan de la virtud y en su  lugar abusan de la fuerza que se les fue confiada para satisfacer sus apetencias personales.

Entonces, si se corrompen los guardianes de la república, aquellos encargados en hacer cumplir las leyes, ¿Qué nos asegura a los ciudadanos de bien el respeto por nuestros derechos? Sería ingenuo depositar nuestra seguridad, es decir, nuestro derecho a la vida, en las sucias manos de quién descaradamente usa la fuerza en detrito de la sociedad. Aún así, no solo la mayoría lo hace, sino que hasta promueve la exclusividad de estos corruptos y tiranos, en el uso de la violencia como herramienta pacificadora.

El fraude colaboracionista de la Ley Desarme

En tiempos pasados se nos vendió un terrible ultraje como la solución definitiva al problema de la violencia callejera, la Ley Desarme fue presentada por las principales fuerzas políticas como una especie de dádiva divina. Lo que no se explicó, fue lo nocivo que resultaría el desarme civil, y las nefastas consecuencias que hoy sufrimos en carne propia. Todos, absolutamente todos los venezolanos de bien vivimos en constante peligro de muerte, nuestras vidas están amenazadas por el capricho de la tiranía y el sadismo del hampa.  La incertidumbre es la rutina que dirige nuestros pasos, no sabemos si el día de mañana somos blancos de la represión gubernamental, o si nuestra cabeza coincide con la trayectoria de una bala perdida. En ambos casos, hay un elemento en común que nos coloca en desventaja frente a estos males: la fuerza. Al promover el desarme civil, se procuró negar la capacidad defensiva a los ciudadanos de bien, a aquellos que se arman de forma legítima y legal, mientras que el hampón continúa por un sendero tan ennegrecido como el origen de sus armas. La situación es tal, que nuestras familias siguen a la merced de la criminalidad, sin más protección que la tardía respuesta de los pocos policías probos restantes y que desafortunadamente dan abasto ante las innumerables oleadas de hechos delictivos.

En muchas sociedades del mundo civilizado hay promotores del desarme civil, estos demagogos invocan las supuestas ventajas de la convivencia desarmada, sin embargo, omiten mostrar la adversa realidad: mientras menos sean los ciudadanos permisados para la tenencia de armas, mayor será el poder de fuego concentrado en manos de quién tenga acceso a ellas. El flujo entrante de armas no disminuye con el desarme civil, tan solo se modifica la distribución de las mismas, la parte que pudiese ser destinada a la defensa doméstica, es usurpada por los criminales en el mercado negro o monopolizada por los gobiernos tiránicos.

Además, las esporádicas tragedias cometidas por irresponsables con armas no son consecuencia de una legislación permisiva, sino de la incompetencia por parte de las autoridades locales de identificar individuos inestables: quién asesina no limita sus posibilidades al uso de un arma de fuego, cualquier objeto a su disposición puede ser usada para acabar con la vida de alguien. ¿Acaso deberíamos prohibir los cuchillos en nuestras mesas por el uso negativo que un desquiciado podría darle?

Dondequiera que han sucedido estos desafortunados incidentes, ha prelado la incapacidad de las víctimas de defenderse de sus victimarios, si las primeras hubiesen tenido igual acceso a las armas de fuego, hubiesen podido defenderse de los últimos. Los ciudadanos armados, por el contrario, tienen la capacidad de hacer frente a la mayoría de las adversidades ofrecidas por la inseguridad, las armas en buenas manos son un candil civilizatorio contra la barbarie criminal.

Ciudadanos armados, ciudadanos seguros

El principal argumento a favor del porte de armas ciudadano es la eliminación de la sensación de impunidad que hoy gozan los criminales en nuestra nación. Los delincuentes se abalanzan sobre los civiles con la total seguridad de no recibir ni un ápice de resistencia, simplemente pueden arrebatar lo que les venga en gana, la vida incluida, ante una sociedad ovejuna y desarmada, carente de autoridades que hagan valer la ley. Si cada uno de nosotros, los ciudadanos virtuosos, pudiésemos portar en el día a día armas dedicadas a la protección personal, los criminales verían reducida su capacidad de actuación.

Sitúese por un momento en un episodio bastante recurrente en nuestras ciudades: un criminal armado está asaltando un ciudadano a plena luz del día, no hay presencia policíaca y la mayoría de los transeúntes, incluyéndole, decide pasar de lado. Nadie se atreve a interrumpir la fechoría, no por cobardía sino por la literal impotencia de no poder contrarrestar el poder que el arma de fuego le confiere al delincuente.

Podemos y debemos cambiar esta escena, la trasgresión acabará cuando la sensación de impunidad que tienen los criminales sea reemplazada por un auténtico temor a los ciudadanos armados, miedo por la posibilidad de tener en contra decenas de armas de fuego en medio de un atraco, la incapacidad de cubrirse las espaldas en un robo.

La sola idea de perder la vida de manos de una de sus posibles víctimas paralizaría los impulsos criminales de la mayoría de los pillos.  Los ciudadanos podrían cooperar en un sentido mucho más activo con las autoridades policiales, asistiéndose mutuamente en la guerra contra el crímen.

Las armas son el camino al debate de ideas

El porte de armas fortalece la civilidad y fomenta el respeto entre nuestros semejantes. Desventajas como la movilidad reducida, la edad avanzada o la carencia de fuerza física desaparecen con un arma de fuego acompañada del debido entrenamiento. Ante la relativa paridad entre ciudadanos, estos están obligados en todo momento a dirigirse con cortesía los unos a los otros, anteponiendo siempre el diálogo como método para la resolución de disputas.

Somos dueños únicamente de lo que podemos defender

El rearme civil tiende a reforzar el sentido de la propiedad pues capacita al ciudadano para la defensa de su patrimonio. Las armas para la defensa doméstica son un elemento disuasorio que mantiene a los ladrones a raya, además de brindar autonomía al propietario, pues no depende de la acción policial. La desesperación inherente a la espera del apoyo policial desaparecería, al sabernos capaces de defender nuestro hogar mientras llegan las autoridades. Así como damos importancia al conocimiento de primeros auxilios y la tenencia de botiquines para dar respuesta inmediata a las emergencias médicas, también deberíamos concienciar a la ciudadanía sobre el porte de armas y su papel como la primera línea de defensa frente al allanamiento de morada e intentos de secuestro. Solo es nuestro aquello que defendemos.

El patriotismo se hace valer con fusiles

Los ciudadanos armados son la última línea en la defensa nacional. Antes de la aparición de los ejércitos profesionales, eran los ciudadanos quiénes demostraban su patriotismo al defender sus tierras de las tropas invasoras. Las inexpugnables ciudades de la antigüedad clásica debían sus laureles al sacrificio de sus ciudadanos, el valor de estos se acrecentaba por tener como principal motivación la auténtica libertad, ser derrotados implicaba perder la autonomía de sus ciudades y la imposición de la esclavitud por parte de los invasores.

Hoy en día contamos con Fuerzas Armadas entrenadas profesionalmente para la defensa territorial, sin embargo, en el caso extremo en que éstas fuesen dispersadas por una invasión enemiga, serían los ciudadanos armados los responsables de preservar la libertad mediante la resistencia armada contra el invasor.

¿De qué calibre es tu libertad?

El porte de armas es garantía de libertad. El poder de fuego que tienen los ciudadanos no solo sirve para repeler los ejércitos extranjeros, también limita las inclinaciones tiránicas de los gobernantes. La relación entre los ciudadanos y su gobierno debería basarse en obediencia voluntaria, cada quién acata las normas y preceptos de los gobernantes porque estos obran en arreglo a la búsqueda del bienestar público. En caso que las aristas de la sociedad se corrompan y obren en contra de la nación, es deber de los ciudadanos rectificar el rumbo del gobierno primero por la razón y luego por la fuerza. Pretender enderezar una dirección tiránica, desprovistos de fuerza, es un ejercicio fútil y hasta suicida.

No existe obediencia voluntaria hacia el tirano, tan solo sumisión sin elección. Aquello que diferencia al hombre libre del esclavo es su capacidad para defenderse a sí mismo y a los suyos, el sufragio y demás ficciones democráticas son insuficientes para hacer frente a los gobiernos ilegítimos. Al conquistar un libre porte de armas civil estaríamos fortaleciendo nuestra libertad, estableceríamos un contrapeso dedicado a contener las armas del Estado en caso que estas se pusiesen en contra de nosotros por mandato de una tiranía.

Venezuela: monopolio Ilegítimo de la violencia

Venezuela sufre el monopolio ilegítimo de la violencia, el partido de gobierno ha mutado con el Estado y pervertido sus funciones, los mecanismos de coacción para la manutención de la justicia y el orden son utilizados para la represión de la disidencia política. Toda la capacidad disuasoria está en manos del mal gobierno y su principal aliado, el hampa.

Por si fuera poco, se han organizado cuerpos paramilitares de comunistas fanáticos autoproclamados colectivos, responsables directos de asesinatos y desapariciones de miembros de la disidencia. Es por ello que hoy más que nunca, nos urge tener un marco jurídico que permita a los ciudadanos de bien la libre adquisición de armas de fuego.

Si llegase a ocurrir un conflicto existencial que amenace con la desintegración definitiva de la República, los ciudadanos deberán estar debidamente preparados, léase armados, para no claudicar ante el advenimiento del oprobio y la tiranía.

Una ley REarme es posible

Los nacionalistas exigimos la construcción inmediata de un ordenamiento jurídico y social que avale el rearme ciudadano. Nuestros legisladores deben dejar de desperdiciar nuestro tiempo en ofrecimientos populistas, y concentrarse en la aprobación inmediata de leyes que favorezcan el comercio legítimo de armas entre ciudadanos respetuosos de la ley.

De no responder positivamente a esta demanda, aquellos diputados que se dicen ser de oposición, estarían evidenciando su discreta afiliación con el partido de gobierno. En este orden de ideas, nos declaramos en campaña contínua por el rearme ciudadano, presionaremos a todas las esferas de la sociedad hasta que se nos permita armarnos voluntariamente y sin temor a represalias, por la defensa de nuestras familias, nuestra propiedad y nuestra libertad.

El artículo 204 de la constitución vigente en su numeral 7 indica que la iniciativa de leyes también corresponde “a los electores y electoras en un número no menor del cero coma uno por ciento de los inscritos e inscritas en el registro civil y electoral”, por lo que nuestro proyecto es completamente factible.

Entre las consideraciones que deberíamos tener en cuenta al momento de legislar sobre la materia armamentística, está la necesidad de crear un Instituto Nacional verdaderamente autónomo que no dependa de las parcialidades políticas, y que regule efectivamente el correcto desarrollo del rearme ciudadano. Un instituto de este estilo debería estar respaldado de forma semejante a la de una universidad autónoma, contar a su disposición con una partida presupuestaria mixta, con fondos provenientes tanto del Estado como de ingresos propios. Además estaría constituido por un cuerpo colegiado, profesional y meritocrático; compuesto de politólogos, criminalistas, juristas, sociólogos, militares, psicólogos y demás expertos en materias pertinentes.

Crear un instituto de estas características es fundamental para asegurar una justa expedición de permisos, que no responda a fidelidades partidistas, sino a la auténtica regeneración nacional del civismo. Con pruebas psicológicas, la revisión de antecedentes penales y la impartición de cursos de combate, podremos asegurar que las armas de fuego caigan en buenas manos, otorgando así un equilibrio al terrible desbalance bélico que sufrimos en nuestra nación.

El rearme ciudadano es una necesidad social impostergable, todos los ciudadanos tenemos sobre los hombros la responsabilidad histórica de enderezar el rumbo de Venezuela, implementando para ello las medidas que realmente hacen falta. Asimilemos de una buena vez la posibilidad de armarnos, como la más fehaciente muestra de amor por nuestra libertad, nuestra familia y nuestra nación.

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