Política y acción

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Cuando se habla de política se da por hecho que hablamos de conflicto, por política entendemos toda acción que gire en torno al poder, que es esa capacidad de hacer que alguien haga o deje de hacer algo. En este sentido, toda actividad relacionada con el poder es política, ahí estriba la naturaleza conflictiva de la política.

Para los clásicos la teoría política tenía una concepción que difiere a la actual, etimológicamente, el término política viene de polis la ciudad-Estado en que se organizaban los pueblos griegos, política era toda actividad que concernía a la polis, es decir, toda decisión que afectara a la ciudad.

De aquí parte la cosmovisión griega para entender la política. Es así como definen a las diferentes formas de gobierno y las clasifican como buenas o malas, tomando como criterio  la felicidad de los ciudadanos. Asimismo, se habla para ese entonces de política en torno a elementos morales, religiosos y estéticos, por eso leemos en Platón que el mejor gobierno es el más bueno, bello y justo.

Ya en la edad media se diferencia política y ética, no como elementos antagónicos, más bien como conceptos diferentes, tal es el caso de Maquiavelo que habla de la obtención del poder haciendo abstracción de cuestiones éticas.

Es necesario citar a Schmitt, autor que da una conceptualización de la política más acertada para nuestro entender actual. Define los elementos de la política en una disyuntiva de amigo-enemigo, y lo diferencia por completo de otros elementos como la moral que tiene por componentes la dicotomía de bien-mal, la economía como beneficioso-perjudicial y lo estético como bello-feo. Un entendimiento que dista en demasía de los antiguos.

Desde esta perspectiva hablamos de política como sujeto propio, ya con sus elementos y desapegada de otras ideas que contaminarían su entender como fenómeno particular. Tenemos, por ejemplo, que la máxima expresión de esta disyuntiva amigo-enemigo es la guerra, que para otras materias no puede ser tolerada y por esta razón se dice que es propiamente política, por ejemplo, para la economía puede ser tremendamente perjudicial este hecho debido a los estragos que podría causar en los mercados, para la moral sería inaceptable la concepción del cese de los signos vitales en aras del poder, y en estética no hay mucho que comentar.

Según Schmitt, la política es el único medio que puede reclamar el mayor sacrificio que puede hacer un individuo;  el cese de los signos vitales. Si algún otro ente envestido de capacidad hiciera este reclamo se estaría hablando de política y no de otro elemento.

En materia de gobierno es donde los clásicos como genios de la política tenían razón, acertadamente los griegos, léase Aristóteles, Platón… coincidían en que las formas de gobierno deben tener por objeto la felicidad de los pueblos, tal lo explica Platón en su obra “El Político” en donde determina que el gobernante tiene que ser el más sabio, es decir el filósofo, para que asegure la mayor suma de felicidad para sus ciudadanos.

Un sistema que brinde felicidad a su pueblo, apegado a las tradiciones, costumbres, espiritualidad será capaz de lograr la cohesión necesaria para gobernar y hacer frente a las adversidades que implica el ejercicio del poder, por otra parte, un gobierno que no logre la cohesión con respecto a sus ciudadanos está condenado a fenecer, la pérdida del reconocimiento voluntario del poder se pierde, es ilegítimo.

La obra de Platón nos habla del buen gobernante como un pastor de hombres, que procura la mejor para su rebaño, este gobierno es reconocido de manera voluntaria por sus ciudadanos, con una sana relación de mando-obediencia que vela por el bien común, caso contrario, será adversado como repuesta natural para restablecer su finalidad como buen gobierno.

Es así como vemos que la política es el único medio que exige el mayor sacrificio que puede dar un individuo, que es la vida. El poder desde la perspectiva del ejercicio de la gobernanza tiene por objeto la felicidad de los ciudadanos, caso contrario se presenta como deber hacer frente al orden establecido para imponer el bien común la decencia y la justicia llevando hasta las últimas consecuencias el sacrificio que implica.

La inacción no puede ser entendida como política, la política es acción enmarcado en los esquemas de amigo y enemigo cargado con un objetivo claro; el bienestar general. Es ahí donde coinciden de manera coherente los autores clásicos y contemporáneos, en la cultura de las espadas y las plumas, las ideas que tienen que ser defendidas por la razón o por la fuerza, y aquellas ideas más loables son las políticas, las que implican nuestra mayor ofrenda ¿Qué valor tiene una idea que no se defiende a toda costa?

Es un irreductible deber ciudadano hacer frente a un sistema que no sea coherente con las costumbres, tradiciones, cultura, un sistema que contraríe la felicidad ciudadana, aquel sistema vituperable que los clásicos llamaron formas malas de gobierno, oligarquía, demagogia y la más negativa la tiranía. Son gobiernos que representan una deliberada muralla al beneplácito de sus conciudadanos, los exhorta a un ensimismamiento para que desistan de la participación política y del natural reclamo de la buena política, un relamo que se encuentra justificado en el lítico uso de la violencia para fines loables e implique sacrificios de dimensiones superlativas.

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