Justicia nacionalista

¡Propaga el mensaje!

Ser nacionalista implica asumir una postura inconformista ante la contemporaneidad en ruinas, significa emprender una marcha ardua y sin descanso por el mejoramiento físico, moral e intelectual de la sociedad. Motivados por un diáfano amor a la Patria, nuestro deber es regenerar a Venezuela transitando el tortuoso camino de la verdad, y asumir el reto de denunciar y abolir cada uno de los males que agobian a nuestra ciudadanía.

Consideramos la impunidad desbordada como el principal síntoma de la decadencia venezolana. Que una vida de esfuerzo, sacrificio y trabajo constante sea apagada por las más bajas apetencias de un delincuente, debiera ser suficiente motivo para indignar a toda Venezuela. Expongamos entonces el verdadero origen de la impunidad.

Valores y virtudes

La coexistencia pacífica como fenómeno en la vida comunitaria, es posible gracias al estricto respeto hacia un conjunto de normas que moderan la conducta humana. La costumbre o las leyes, las normas escritas o las consuetudinarias, el derecho positivo y el derecho natural; todas las acepciones se refieren directa o indirectamente a un orden moral, a la necesidad de establecer una estructura de derechos y deberes como garantía de la armonía.

Sin embargo, las normas por sí solas no son suficientes, el apego hacia ellas debe profundizarse hasta el punto que su respeto sea no producto de una mera afinidad intelectual, sino de la valorización de las condiciones básicas para la vida en comunidad. ¿Por qué valorización? Porque un valor es precisamente aquello que merece dedicación y respeto por su naturaleza sublime: es la manifestación de lo bueno.

Nuestros próceres sacrificaron sus vidas en el campo de batalla por la construcción de una República, esto es, un gobierno sustentado por las virtudes de sus ciudadanos. El irrespeto a la vida humana es una manifestación más de la ausencia por completo de la idea republicana original. La deshumanización del hombre es la negación de su carácter trascendental, la infinitud del ser humano se deriva de su capacidad activa y creadora, el pretender reducir al hombre a una mera pila de huesos, sangre y carne da pie a que como simple materia se le menosprecie. Por lo tanto, el revalorizar la vida humana es el primer paso para reinstaurar la práctica de las virtudes, y con ello la armonía entre los ciudadanos.

La primera de las virtudes cardinales es la justicia, la tradición grecorromana tiene como principal referente a Aristóteles, quién le define como darle a cada quién lo que se merece.  La práctica de la justicia es hoy más que nunca un imperativo en Venezuela, solo a través de ella podremos regenerar a la sociedad. Y es que en la definición aristotélica de justicia está implícito el mérito: debemos empezar a asignar roles cada vez más prominentes a aquellos que por su esfuerzo y aporte a la sociedad merecen ser considerados como conductores del país.

El mérito garantiza que cada quién ocupe el puesto que le corresponde, tanto por vocación como por preparación. Y así mismo, darle a cada quién lo que se merece, significa otorgar un justo castigo a quién trasgrede nuestras normas como sociedad.

La victimización del victimario

El gran problema en Venezuela, es que no se ha comprendido en toda su extensión la necesidad de una justicia verdaderamente imparcial, capaz de impartir castigos a todo aquél que se lo merezca. Y esto en gran parte es consecuencia de una apreciación sociológica del problema a partir del paradigma marxista, se considera al delincuente como el producto bastardo de una sociedad capitalista y a partir de allí empieza la perversa victimización del victimario, o del cómo el pobre roba pan “porque no tiene más remedio”.

La realidad en Venezuela es por entero distinta, el delincuente muchas veces viendo sus necesidades satisfechas, recurre al crimen como un método para elevar su posición social, banaliza la vida humana y sin remordimiento alguno acaba con ella. Así mismo los medios culturales como la música y el cine se han dado a la tarea de convertir al hampón en un arquetipo de guerrero arriesgado y ambicioso, cuyas conductas y medios son dignos de seguimiento.

En aquellos hogares donde la llama de los valores sigue intacta, es improbable encontrarse con un delincuente. Así la adversidad económica les haya asediado, el respeto por la condición humana del otro y el cumplimiento estricto de los deberes cívicos les aleja del crimen. En la mente de un ciudadano de bien la pobreza no es excusa, la ausencia de bienes materiales es un refuerzo para mantener aquello que carece de precio pero que cuenta con un valor inestimable: la dignidad.

Al contrario, en la mente del criminal la pobreza no es más que una excusa para sus actos. El ambiente de tolerancia hacia el delincuente en Venezuela ha sido tal, que estos conocen la permeabilidad, flexibilidad y blandura del sistema judicial hasta el punto que le controlan. No conformes con corromper los organismos encargados de imponer justicia, explotan al máximo el falso paradigma del delincuente por necesidad. La demostración está en cómo mucho de los delincuentes dedicados al secuestro y al narcotráfico, se refugian en barrios para disimular las grandes cantidades de dinero que en verdad manejan, mitigando simultáneamente su culpabilidad por pertenecer a estratos marginales de la sociedad.

La prisión no es un hotel, los nacionalistas pondremos a trabajar a los delincuentes, les guste o no.

La solución yace en comprender la naturaleza nociva del delincuente para la sociedad, no verlo como producto sino como anomalía. Su accionar delictivo es una ofensa al orden y a todos los ciudadanos respetuosos de los derechos ajenos, su precaria existencia es un lastre para cualquier nación. La impunidad se radicará el día en que como sociedad no nos tiemble el pulso en darle al delincuente lo que se merece.

La justicia es semejante a la medicina, su aplicación regenera al hombre. En ambas disciplinas hay procedimientos que pudiesen resultar dolorosos o contraproducentes para el ojo inexperto, sin embargo, constituyen una forma de sanación: semejante a la cirugía, la pena es un dolor necesario por el cuál debe forzosamente pasar el delincuente para poder rectificar su conducta. Por ello la mayor muestra de amor que podemos tener por aquellos desenfrenados que atentaron contra la sociedad, es procurar su castigo.

La ciudadanía de frente contra el crimen

Hay mucha especulación además sobre el cómo se administra la justicia. Como legado de medio siglo de políticas populistas, el combate al hampa se ha reducido a la construcción de canchas de juegos y espacios deportivos, descuidando las fuerzas uniformadas. Con esto no desestimamos la importancia que tiene la acción preventiva, sin embargo, consideramos que la Venezuela de hoy se ha enfrascado tanto en la cualidad preventiva de la justicia, que ha abandonado el campo correctivo de la misma, la cual tiene su rango de acción en la inmediatez.

La severidad es entonces fundamental en este llamado a la acción, la compasión por el asesino es complicidad con la delincuencia.

Ante el panorama lúgubre que nos ofrece un gobierno arreado por el crimen como manifestación directa de una sociedad corrupta, los pocos ciudadanos de bien nos constituimos como el último recurso moral que tiene Venezuela. Los patriotas debemos educar con el ejemplo, y la práctica de la justicia debe ser extendida hasta las últimas consecuencias. Deberíamos seguir el ejemplo de esas naciones, cuyos ciudadanos son capaces de hacer cumplir las leyes y mantener el orden por mano propia. Ante la ausencia de un Estado efectivo y de instituciones capaces de mantener la armonía entre los venezolanos, se les debiera permitir a los ciudadanos el organizarse para la defensa de su integridad personal.

En una república cada ciudadano es garante de la seguridad, y en caso de conflicto la sociedad toda se moviliza para defender al sagrado suelo patrio. De modo semejante, los ciudadanos debieran tener la posibilidad de sumar sus esfuerzos en la manutención del orden puertas adentro con la tenencia legítima y legal de armas de fuego. El fracaso de los intentos de desarme ciudadano pasados y futuros estriba en que pocas veces las armas de circulación legal son las utilizadas para las fechorías, los hampones obtienen su armamento de mercados al margen de la ley, sus fuentes son por entero atípicas y descontroladas. Todo ello implica que las armas que se sustraen gracias al desarme civil, en su mayoría provienen de hombres justos que las adquirieron por vías legales para ejercer el derecho natural de proteger sus vidas y sus propiedades.

Regeneremos Venezuela

Hagamos un esfuerzo, conciudadanos, por rehabilitar el orden natural y nuevamente permitamos a los hombres de bien la posibilidad de defender a sus familias por mano propia. Ante la ausencia del gobierno, constituyamos nosotros la última frontera entre la civilización y la barbarie. Si el hampa intenta someternos, instauraremos un bastión capaz de dar la pelea e incluso derrotarle. Si ellos armados atentan contra la vida, nosotros también armados le detendremos.

Acotemos además, que lo existente está definido por sus fines, toda acción humana es concebida como justa o injusta, conveniente o inconveniente dependiendo de su causa final. Por lo tanto, pese al llanto de los injustos, la pureza de la justicia en ningún momento se trasgrede cuando se acaba con la existencia de un criminal. Mientras el asesinato es acabar con la vida de un inocente, la ejecución versa sobre el final de un culpable. El asesino mata por odio al género humano, mientras que la pena de muerte se ejecuta para evitar la reincidencia de los elementos más inestables y antisociales de la comunidad.

No toleremos entonces el robo, el asesinato, el secuestro, las amenazas ni absolutamente nada que atente contra el trato armónico entre los venezolanos. Seamos nosotros, los ciudadanos, quiénes mediante la práctica de las virtudes regeneremos a nuestra tierra.

¡Propaga el mensaje!

Sobre nosotros Lucio Cornelio Sila

Nacionalista y autoritario nacido en Santiago de León de Caracas. Absolutamente historicista y espiritual. En guerra permanente contra la decadencia moderna y toda forma de igualitarismo. No concibo la resistencia netamente intelectual: conforme escribo propuestas, me preparo para la batalla.

Un comentario

  1. Ser nacionalista es el sentimiento de pertenecer a la Nación donde se nación y consiste también en una doctrina ideológica que es más fuerte que cualquier otro sentimiento patrio. Esto implica el sentido de pertenencia desde la propia familia y hogar hasta el país como la casa grande donde habitamos y coexistimos, por lo tanto debemos defenderla desde la perspectiva de la defensa propia, de la autodefensa, o ¿acaso cuándo un delincuente intenta ingresar a nuestro hogar ilegalmente, no nos defendemos? entonces y por inferencia nuestro país, nuestra Nación es nuestro hogar y tenemos que defenderla ante el intruso.

Deja un comentario

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *